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Sábado 09 de Mayo de 2009 11:26 |
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Hoy se cumplieron 90 días desde que un alud de barro arrasó a los barrios rivereños de Tartagal. Un alud que tapó casas y se llevó el esfuerzo de años de muchas familias, pero a la vez desnudó la miseria humana que parece aflorar en momento de crisis. La solidaridad del pueblo argentino se mostró amplia y sin restricciones como una verdadera muestra de amor fraternal. Desde los pueblos más inesperados del país comenzaron las campañas solidarias para recaudar todo lo que pudieran entregar en donación para después enviar a los damnificados. El alud derribó totalmente 31 viviendas y otras 445 casas quedaron con daños de distinta consideración. El servicio de cloacas que ya estaba colapsado puso a los habitantes de la ciudad en un peligro sanitario permanente. Zonas como Barrio Belén, El Ceibo, Tomás Ryan padecen de los olores de las aguas servidas y sus consecuencias, allí la red troncal se rompió dejando a cielo abierto la inmundicia. De las declaraciones de los funcionarios nacionales, provinciales y municipales que se registran en torno a las obras que se licitan o se ejecutan y que fueran prometidas después del 9 de febrero y como consecuencias del alud, en este diario se publican todas o casi todas. Con la obra pública pasa lo mismo: la mayoría de la información referida a ella está reflejada en este espacio. Pero no lo hacemos para realizar un balance de nuestro trabajo periodístico en torno al alud, si no que lo hacemos para que nuestros lectores tengan un lugar donde comparar entre las promesas y la realidad. La distribución de las donaciones fue quizás la actividad más desordenada y mezquina que realizó la Municipalidad de Tartagal ya que el intendente Sergio Leavy, al tercer día del alud dijo en conferencia de prensa que “se va a dar al barrer mercadería a todos los que vivan al lado sur del río Tartagal” abriendo así la sombra de mezquindad de muchos que podían necesitar ayuda pero no eran directos afectados por el alud. La decisión de Leavy y el egoísmo de algunas personas hicieron que numerosas familias afectadas se vieran desplazados para recibir ayuda. Las consecuencias de un alud que parece haberse desatado con furia en la zona más alta de la cuenca del río Tartagal también destruyo la toma y aducción de agua potable que surte a Campamento Vespucio y Recaredo, localidades que supieron vivir en mejores circunstancias cuando eran administradas por la desaparecida estatal YPF. Hoy sus habitantes también transitan el calvario de vivir sin agua corriente ni potable desde hace tres meses. He vivido mis 44 años casi todos aquí en Tartagal, y nunca escuché tantas veces tantos deseos de emigrar como en estos tres último meses. Pero mi sensación es que son solamente deseos. La realidad es que seguimos viviendo en esta ciudad por la cual debemos luchar con inteligencia modificar su pobre realidad.
Marcelo Torres
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