Hoy no diré las cosas que todos sabemos. Tampoco voy a dedicarme a hechos íntimos, que muchos desconocen y que podrían llamar la atención de los lectores -siempre son “esos” detalles menores. Desamores, duelos, exilios, remordimiento, pasiones, rencores, desencuentros, dolor. No repetiré las aburridas páginas de las biografías. Tampoco mencionaré sus inconvenientes llegado el momento de concretar una relación amorosa, ni el fondo de sexualidad que subyace en sus textos. Obviaré los espejos, los laberintos, los amigos, los puñales, los viajes, la madre, los tigres, la ceguera, cualquier símbolo que lo evidencie. Ni volveré a cuestionar la ética de un jurado de cierto premio. Mucho menos les recordaré a los oportunistas de qué modo sostuvo su opinión sobre puntuales hechos políticos, porque preferimos olvidarnos de quien ya no tiene voz porque ha desaparecido camino a la oficina o la universidad o está enterrado y sin flores en unas islas donde creyó ganar una batalla inútil. No haré una apología. Sí diré que nació en Buenos Aires y que era el último año de un siglo que terminaba, 1899 . Tal vez la etapa más importante de la joven y prometedora Argentina. El niño nace, lo bautizan con el nombre de sus abuelos, hereda la miopía y el amor por la libros ingleses de sus padre; de la madre, el culto a los valientes antepasados y la perseverancia en la miseria. Se muda de barrio como quien se cambia de camisa, vive una vida ajena a la realidad de las prostitutas y los compadritos, los secretos de familia y su propia hermana. Estudia donde el destino lo encuentra, fuera de la patria, un entrecortado bachillerato en un país neutral de Europa, donde ni siquiera hay constancia de su paso por allí. Tampoco hay testimonios fieles de sus primeros escritos, de su simpatía por las vanguardias y las revoluciones, de los matones y aventureros que elegía como personajes, ni los conflictos entre rivales, ya fuesen teólogos, dos grandes libertadores o damas de la sociedad, porque solamente la realidad era una excusa para la imaginación y el juego. Hoy nació un hombre que murió anciano y no importa dónde está enterrado, porque su modo transitar los espacios y el tiempo exceden los detalles menores y la eternidad de la muerte supera cualquier infamia histórica. Sus preocupaciones metafísicas e intelectuales contribuyeron a que tengamos de él la imagen de su propia leyenda: un hombre sin vida propia, manso, un bibliófilo que vivió distraído, ensimismado, por decisión propia, único habitante de una biblioteca interminable. ¡Qué difícil hablar del cumpleaños de Borges! Un personaje creado por sí mismo, un ser intemporal, ahora incorpóreo y libre, morando en un paraíso sin individuos, detalles, ni realidades personales, ya que para él, un hombre equivale a cualquier otro hombre, o a ninguno. Y aunque sea una ardua tarea cuando de un escritor se trata, no citaré sus versos, ni fragmentos de cuentos ni de ensayos, aunque los tenga presentes mi memoria y sean los regalos más preciosos que recibí de un desconocido. Por Melina Chávez
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